{"id":3954,"date":"2015-01-22T13:36:39","date_gmt":"2015-01-22T13:36:39","guid":{"rendered":"http:\/\/www.slow-words.com\/?p=3954"},"modified":"2015-01-28T08:55:19","modified_gmt":"2015-01-28T08:55:19","slug":"china-2","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.slow-words.com\/it\/china-2\/","title":{"rendered":"China"},"content":{"rendered":"<p>Por un lado el muro gris de la Universidad. Enfrente, la agitaci\u00f3n maloliente de las cociner\u00edas alterna con la tranquilidad de las tiendas de libros de segunda mano y con el bullicio de los establecimientos donde hombres sudorosos horman y planchan, entre estallidos de vapor. M\u00e1s all\u00e1, hacia el fin de la primera cuadra, las casas retroceden y la acera se ensancha. Al caer la noche, es la parte m\u00e1s agitada de la calle. Todo un mundo se arremolina en torno a los puestos de fruta. Las naranjas de tez \u00e1spera y las verdes manzanas, pulidas y duras como el esmalte, cambian de color bajo los letreros de ne\u00f3n, rojos y azules. Abismos de oscuridad o de luz caen entre los rostros que se aglomeran alrededor del charlat\u00e1n vociferante, engalanado con una serpiente viva. En invierno, ra\u00eddas bufandas escarlatas embozan los rostros, revelando s\u00f3lo el brillo torvo o confiado, perspicaz o bovino, que en los ojos se\u00f1ala a cada ser distinto. Uno que otro tranv\u00eda avanza por la angosta calzada, agitando todo con su estruendosa senectud mec\u00e1nica. En un balc\u00f3n de segundo piso aparece una mujer gruesa envuelta en un bat\u00f3n listado. Sopla sobre un brasero, y las chispas vuelan como la cola de un cometa. Por unos instantes, el rostro de la mujer es claro y caliente y absorto.<\/p>\n<p>Como todas las calles, \u00e9sta tambi\u00e9n es p\u00fablica. Para m\u00ed, sin embargo, no siempre lo fue. Por largos a\u00f1os mantuve el convencimiento de que yo era el \u00fanico ser extra\u00f1o que ten\u00eda derecho a aventurarse entre sus luces y sus sombras.<\/p>\n<p>Cuando peque\u00f1o, viv\u00eda yo en una calle cercana, pero de muy distinto sello. All\u00ed los tilos, los faroles dobles, de forma caprichosa, la calzada poco concurrida y las fachadas serias hablaban de un mundo enteramente distinto. Una tarde, sin embargo, acompa\u00f1\u00e9 a mi madre a la otra calle. Se trataba de encontrar unos cubiertos. Sospech\u00e1bamos que una empleada los hab\u00eda sustra\u00eddo, para llevarlos luego a cierta casa de empe\u00f1os all\u00ed situada. Era invierno y hab\u00eda llovido. Al fondo de las bocacalles se divisaban restos de luz acuosa, y sobre los techos cern\u00edanse a\u00fan las nubes en vagos manchones parduscos. La calzada estaba h\u00fameda, y las cabelleras de las mujeres se apegaban, lacias, a sus mejillas. Oscurec\u00eda.<\/p>\n<p>Al entrar por la calle, un tranv\u00eda vino sobre nosotros con estr\u00e9pito. Busqu\u00e9 refugio cerca de mi madre, junto a una vitrina llena de hojas de m\u00fasica. En una de ellas, dentro de un \u00f3valo, una muchachita rubia sonre\u00eda. Le ped\u00ed a mi madre que me comprara esa hoja, pero no prest\u00f3 atenci\u00f3n y seguimos camino. Yo llevaba los ojos muy abiertos. Hubiera querido no solamente mirar todos los rostros que pasaban junto a m\u00ed, sino tocarlos, olerlos, tan maravillosamente distintos me parec\u00edan. Muchas personas llevaban paquetes, bolsas, canastos y toda suerte de objetos seductores y misteriosos. En la aglomeraci\u00f3n, un obrero cargado de un colch\u00f3n desarregl\u00f3 el sombrero de mi madre. Ella ri\u00f3, diciendo:<\/p>\n<p>-\u00a1Por Dios, esto es como en la China!<\/p>\n<p>Seguimos calle abajo. Era dif\u00edcil eludir los charcos en la acera resquebrajada. Al pasar frente a una cociner\u00eda, descubr\u00ed que su olor mezclado al olor del impermeable de mi madre era grato. Se me antojaba poseer cuanto mostraban las vitrinas. Ella se horrorizaba, pues dec\u00eda que todo era ordinario o de segunda mano. Cientos de floreros de vidrio empavonado, con medallones de banderas y flores. Alcanc\u00edas de yeso en forma de gato, pintadas de magenta y plata. Frascos de bolitas multicolores. Sartas de tarjetas postales y trompos. Pero sobre todo me sedujo una tienda tranquila y limpia, sobre cuya puerta se le\u00eda en un cartel: &#8220;Zurcidor Japon\u00e9s&#8221;.<\/p>\n<p>No recuerdo lo que sucedi\u00f3 con el asunto de los cubiertos. Pero el hecho es que esta calle qued\u00f3 marcada en mi memoria como algo fascinante, distinto. Era la libertad, la aventura. Lejos de ella, mi vida se desarrollaba simple en el orden de sus horas. El &#8220;Zurcidor Japon\u00e9s&#8221;, por mucho que yo deseara, jam\u00e1s remendar\u00eda mis ropas. Lo har\u00edan peque\u00f1as monjitas almidonadas de \u00e1giles dedos. En casa, por las tardes, me desesperaba pensando en &#8220;China&#8221;, nombre con que bautic\u00e9 esa calle. Exist\u00eda, claro est\u00e1, otra China. La de las ilustraciones de los cuentos de Calleja, la de las aventuras de Pinocho. Pero ahora esa China no era importante.<\/p>\n<p>Un domingo por la ma\u00f1ana tuve un disgusto con mi madre. A manera de venganza fui al escritorio y estudi\u00e9 largamente un plano de la ciudad que colgaba de la muralla. Despu\u00e9s del almuerzo mis padres hab\u00edan salido, y las empleadas tomaban el sol primaveral en el \u00faltimo patio. Propuse a Fernando, mi hermano menor:<\/p>\n<p>-\u00bfVamos a &#8220;China&#8221;?<\/p>\n<p>Sus ojos brillaron. Crey\u00f3 que \u00edbamos a jugar, como tantas veces, a hacer viajes en la escalera de tijeras tendida bajo el naranjo, o quiz\u00e1s a disfrazarnos de orientales.<\/p>\n<p>-Como salieron -dijo-, podemos robarnos cosas del caj\u00f3n de mam\u00e1.<\/p>\n<p>-No, tonto -susurr\u00e9-, esta vez vamos a IR a &#8220;China&#8221;.<\/p>\n<p>Fernando vest\u00eda mameluco azulino y sandalias blancas. Lo tom\u00e9 cuidadosamente de la mano y nos dirigimos a la calle con que yo so\u00f1aba. Caminamos al sol. \u00cdbamos a &#8220;China&#8221;, hab\u00eda que mostrarle el mundo, pero sobre todo era necesario cuidar de los ni\u00f1os peque\u00f1os. A medida que nos acercamos, mi coraz\u00f3n lati\u00f3 m\u00e1s aprisa. Reflexionaba que afortunadamente era domingo por la tarde. Hab\u00eda poco tr\u00e1nsito, y no se corr\u00eda peligro al cruzar de una acera a otra.<\/p>\n<p>Por fin alcanzamos la primera cuadra de mi calle.<\/p>\n<p>-Aqu\u00ed es -dije, y sent\u00ed que mi hermano se apretaba a mi cuerpo.<\/p>\n<p>Lo primero que me extra\u00f1\u00f3 fue no ver letreros luminosos, ni azules, ni rojos, ni verdes. Hab\u00eda imaginado que en esta calle m\u00e1gica era siempre de noche. Al continuar, observ\u00e9 que todas las tiendas hab\u00edan cerrado. Ni tranv\u00edas amarillos corr\u00edan. Una terrible desolaci\u00f3n me fue invadiendo. El sol era tibio, ti\u00f1endo casas y calle de un suave color de miel. Todo era claro. Circulaba muy poca gente, \u00e9stas a paso lento y con las manos vac\u00edas, igual que nosotros.<\/p>\n<p>Fernando pregunt\u00f3:<\/p>\n<p>-\u00bfY por qu\u00e9 es &#8220;China&#8221; aqu\u00ed?<\/p>\n<p>Me sent\u00ed perdido. De pronto, no supe c\u00f3mo contentarlo. Vi decaer mi prestigio ante \u00e9l, y sin una inmediata ocurrencia genial, mi hermano jam\u00e1s volver\u00eda a creer en m\u00ed.<\/p>\n<p>-Vamos al &#8220;Zurcidor Japon\u00e9s&#8221; -dije-. Ah\u00ed s\u00ed que es &#8220;China&#8221;.<\/p>\n<p>Ten\u00eda pocas esperanzas de que esto lo convenciera. Pero Fernando, quien comenzaba a leer, sin duda lograr\u00eda deletrear el gran cartel deste\u00f1ido que colgaba sobre la tienda. Quiz\u00e1s esto aumentara su fe. Desde la acera de enfrente, deletre\u00f3 con perfecci\u00f3n. Dije entonces:<\/p>\n<p>-Ves, tonto, t\u00fa no cre\u00edas.<\/p>\n<p>-Pero es feo -respondi\u00f3 con un moh\u00edn.<\/p>\n<p>Las l\u00e1grimas estaban a punto de llenar mis ojos, si no suced\u00eda algo importante, r\u00e1pida, inmediatamente. \u00bfPero qu\u00e9 pod\u00eda suceder? En la calle casi desierta, hasta las tiendas hab\u00edan tendido p\u00e1rpados sobre sus vitrinas. Hacia un calor lento y agradable.<\/p>\n<p>-No seas tonto. Atravesemos para que veas -lo anim\u00e9, m\u00e1s por ganar tiempo que por otra raz\u00f3n. En esos instantes odiaba a mi hermano, pues el fracaso total era cosa de segundos.<\/p>\n<p>Permanecimos detenidos ante la cortina met\u00e1lica del &#8220;Zurcidor Japon\u00e9s&#8221;. Como la melena de Lucrecia, la nueva empleada del comedor, la cortina era una dura perfecci\u00f3n de ondas. Hab\u00eda una portezuela en ella, y pens\u00e9 que quiz\u00e1s \u00e9sta interesara a mi hermano. S\u00f3lo atin\u00e9 a decirle:<\/p>\n<p>-Mira&#8230; -y hacer que la tocara.<\/p>\n<p>Se sinti\u00f3 un ruido en el interior. Atemorizados, nos quitamos de enfrente, observando c\u00f3mo la portezuela se abr\u00eda. Sali\u00f3 un hombre peque\u00f1o y enjuto, amarillo, de ojos tirantes, que luego ech\u00f3 cerrojo a la puerta. Nos quedamos apretujados junto a un farol, mir\u00e1ndole fijamente el rostro. Pas\u00f3 a lo largo y nos sonri\u00f3. Lo seguimos con la vista hasta que dobl\u00f3 por la calle pr\u00f3xima.<\/p>\n<p>Enmudecimos. S\u00f3lo cuando pas\u00f3 un vendedor de algod\u00f3n de dulces salimos de nuestro ensue\u00f1o. Yo, que ten\u00eda un peso, y adem\u00e1s estaba sintiendo gran afecto hacia mi hermano por haber logrado lucirme ante \u00e9l, compr\u00e9 dos porciones y le ofrec\u00ed la maravillosa sustancia rosada. Ensimismado, me agradeci\u00f3 con la cabeza y volvimos a casa lentamente. Nadie hab\u00eda notado nuestra ausencia. Al llegar Fernando tom\u00f3 el volumen de &#8220;Pinocho en la China&#8221; y se puso a deletrear cuidadosamente.<\/p>\n<p>Los a\u00f1os pasaron. &#8220;China&#8221; fue durante largo tiempo como el forro de color brillante en un abrigo oscuro. Sol\u00eda volver con la imaginaci\u00f3n. Pero poco a poco comenc\u00e9 a olvidar, a sentir temor sin razones, temor de fracasar all\u00ed en alguna forma. M\u00e1s tarde, cuando el mundo de Pinocho dej\u00f3 de interesarme, nuestro profesor de box nos llevaba a un teatro en el interior de la calle: deb\u00edamos aprender a golpearnos no s\u00f3lo con dureza, sino con t\u00e9cnica. Era la edad de los pantalones largos reci\u00e9n estrenados y de los primeros cigarrillos. Pero esta parte de la calle no era &#8220;China&#8221;. Adem\u00e1s, &#8220;China&#8221; estaba casi olvidada. Ahora era mucho m\u00e1s importante consultar en el &#8220;Diccionario Enciclop\u00e9dico&#8221; de pap\u00e1 las palabras que en el colegio los grandes murmuraban entre risas.<\/p>\n<p>M\u00e1s tarde ingres\u00e9 a la Universidad. Compr\u00e9 gafas de marco oscuro.<\/p>\n<p>En esta \u00e9poca, cuando comprend\u00ed que no cuidarse mayormente del largo del cabello era signo de categor\u00eda, sol\u00eda volver a esa calle. Pero ya no era mi calle. Ya no era &#8220;China&#8221;, aunque nada en ella hab\u00eda cambiado. Iba a las tiendas de libros viejos, en busca de vol\u00famenes que prestigiaran mi biblioteca y mi intelecto. No ve\u00eda caer la tarde sobre los montones de fruta en los kioscos, y las vitrinas, con sus emperifollados maniqu\u00edes de cera, bien pod\u00edan no haber existido. Me interesaban s\u00f3lo los polvorientos estantes llenos de libros. O la silueta famosa de alg\u00fan hombre de letras que hurgaba entre ellos, silencioso y privado. &#8220;China&#8221; hab\u00eda desaparecido. No recuerdo haber mirado, ni una sola vez en toda esta \u00e9poca, el letrero del &#8220;Zurcidor Japon\u00e9s&#8221;.<\/p>\n<p>M\u00e1s tarde sal\u00ed del pa\u00eds por varios a\u00f1os. Un d\u00eda, a mi vuelta, pregunt\u00e9 a mi hermano, quien era a la saz\u00f3n estudiante en la Universidad, d\u00f3nde se pod\u00eda adquirir un libro que me interesaba muy particularmente, y que no hallaba en parte alguna. Sonriendo, Fernando me respondi\u00f3:<\/p>\n<p>-En &#8220;China&#8221;&#8230;<\/p>\n<p>Y yo no comprend\u00ed.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Jos\u00e9\u00a0Donoso\u00a0Y\u00e1\u00f1ez\u00a0\u00a0(1924-1996)<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por un lado el muro gris de la Universidad. 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